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Urbanismo culturalista

Dentro de esta denominación se recogen una serie de corrientes que aparecen en el pensamiento urbanístico de finales del siglo XIX, con planteamientos radicalmente distintos a los que van a dar el urbanismo racionalista. La idea básica de esta corriente es que la cultura debe estar por encima del progreso. Frente a la ciudad post-liberal, concebida como una máquina al servicio de la producción, la ciudad culturalista es una ciudad orgánica donde el hombre puede desarrollarse en toda su variedad y plenitud.
Dentro de todas las líneas culturalistas hay dos ideas comunes que se enfrentan al racionalismo:

      a) La ciudad debe tener unos límites: no es posible que la satisfactoria en una ciudad de crecimiento ilimitado.

      b) Distinción entre lo urbano y lo rural: la ciudad tiene valores propios que deben mantenerse. El paisaje urbano y su escala deben estar muy cuidados para que las sensaciones sean positivas. Si la ciudad no es muy grande el campo estará cerca y será accesible, pero será algo diferente a la ciudad.

El precursor del movimiento culturalista fue el arquitecto austriaco Camillo Sitte. Para Sitte, la ciudad post-liberal es monótona, de excesiva regularidad y espacios inarticulados. Para evitarlo propone una vuelta a la ciudad antigua, creando espacios a escala humana, proponiendo para ello el uso de la plaza medieval.

Las ideas de Sitte son fundamentalmente estéticas y pugnan directamente con el concepto de ciudad como hecho económico. A pesar de ello, sus ideas suponen un toque de atención. Sus ideas, bien mezcladas con el resto de funciones de la ciudad, no deberían olvidarse en la creación urbana.

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